Trabajo Individual | Clase 1 - Inicio | Pedro Torres

El yo es una entidad cuatridimensional. Tiene por supuesto una altura y un volúmen, pero tiene como regente indisociable la cuarta dimensión, que es el tiempo. El yo se puede entender por el acumulado de vivencias, experiencias, recuerdos y emociones que recolectamos en el curso del tiempo a través de nuestras interacciones con el mundo y especialmente con los otros yos. Por ende, el yo es único — no existen dos personas que hayan vivido la misma vida, y ninguna persona que no cambie con el paso del tiempo. Además de único, el yo es extremadamente complejo, y por eso es imposible a un yo acceder completamente a otro yo. Lo que podemos y deberíamos hacer es compartir la trayectoria de nuestro yo con otros yos, y a través de un esfuerzo empático intentar concebir la complejidad y las posibilidades de los muchos yos que cruzan nuestro camino.


Las experiencias que construyen el yo también dan forma a las lentes por las cuales el yo mira al mundo exterior, y por eso es natural que nuestra primera interpretación de las situaciones diga mucho más de nosotros que del otro. Hay que esforzarse para intentar ver más allá de nuestras propias jornadas. Cuando tenemos que interpretar o presuponer alguna cosa, las herramientas que tenemos son limitadas de alguna manera por el abanico de posibilidades que ya conocemos, por nuestras propias vidas. A través del diálogo con otros yos podemos vislumbrar otros repertorios y expandir el nuestro. Y por ahí seguir mirando al mundo, ahora conscientes de las lentes que llevamos. Pero a que miramos?


Creo que esta introducción tiene mucho que ver con lo que es el prejuicio, como llevamos nuestras expectativas y suposiciones para el otro y como eso tiene influencia en nuestra mirada. De hecho creo que el ser humano es naturalmente prejuicioso, en mayor o menor escala. Hay prejuicios que son más explícitos y identificables (los que en general nos ocurren cuando pensamos en la palabra prejuicio), pero hay también los prejuicios menores, cotidianos, que ni siempre nos damos cuenta. Y para todos estes tipos, la solución es la misma: estudiar, expandir la mirada, observar y escuchar atentamente el otro, abrirse para la posibilidad del diferente. 

Miramos a lo que provoca curiosidad a la mirada, sea por su belleza, por su singularidad o aún por su extrañeza. Al caminar por una calle, estamos todo el tiempo siendo capturados por elementos interesantes y estimulantes, como una flor que brota de la vereda, o un cartel publicitario de gusto cuestionable. De la misma manera — y quizás más definitivamente — desviamos la mirada de las cosas que repelen la mirada. Porque dan vergüenza, como cruzar con la mirada fija de un desconocido. Porque dan miedo, como mirar hacia abajo en una montaña rusa. O aún porque dan culpa, como cuando encontramos un cartonero revolviendo un contenedor de basura. Eso es natural, parte del instinto de supervivencia del homo sapiens. Nadie quiere lidiar con sensaciones y sentimientos desagradables o difíciles, y la huida es la primera solución que nos ocurre. Por otro lado, ni siempre la solución más automática es la que más contribuye para el desarrollo del yo.


Apartar la mirada de las cosas que nos causan culpa va más allá de la mirada literal, es también la mirada en el sentido más general. Esto se nota muy fuertemente en la política, cuando muchas corrientes, en general vincualdas a una extrema derecha conservadora, ignoran muchos problemas estructurales apoyándose en la simple justificación de la metritocracia. Este tipo de enfoque es claramente una fuga de la realidad, una mirada superficial y autocentrada hacia problemas complejos y estructurales.

Sin embargo, ni siempre tenemos tiempo de disfrutar nuestra mirada intuitiva y sin pretensiones. En la sociedad de la información y del consumo, estamos todo el tiempo tomados por estímulos que secuestran nuestra atención, y por ahí pasamos a mirar únicamente a lo que los instrumentos de poder entienden que es interesante, perdemos la autonomía y la consciencia de nuestra propia mirada. No nos damos cuenta de a que estamos mirando, ni por cuánto tiempo lo estamos mirando y tampoco porque seguimos mirándolo.


Este comentario final resona mucho con el problema disparador que planteamos después, lo de la pérdida de calidad, profundidad y autenticidad de los contenidos a partir de la inercia del consumo. Encima de no nos darmos cuenta de a que estamos mirando, terminamos por mirar siempre las mismas cosas, porque son las cosas que convienen al sistema (el mercado, los algoritmos de las aplicaciones...).

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