Para pensar los problemas detonantes, me gusta la definición proporcionada por C. Wright Mills en su libro "La imaginación sociológica", en el cual el autor propone la separación en dos categorías: las inquietudes y los problemas. Para él, una inquietud ocurre dentro del ámbito de las relaciones inmediatas, entre el individuo y sus relaciones más cercanas y áreas limitadas de la vida social, de la cual tenemos conciencia directa y personal. De la misma manera, la solución de esa inquietud está disponible en el ámbito del individuo como entidad biográfica.
Por otro lado, un problema se relaciona con asuntos que trascienden la vida íntima, es un asunto público. Tiene que ver con la organización de diversos ambientes y con sus relaciones para formar una estructura más amplia de la vida social e histórica, instituciones. Para los problemas, la solución no es tan simple como para las inquietudes. Para que de hecho puedan ser resueltos, es necesario que haya cambios estructurales y colectivos, que todo un grupo de personas cambie su mentalidad.

Pienso que el criterio utilizado para elegir un problema detonante es justamente el criterio propuesto por Mills: hay que ser un problema de interés público, que afecte a toda una comunidad, que traiga consecuencias negativas a la colectividad, y cuya solución no depende de acciones aisladas. Precisamente por eso las soluciones que proponemos vienen en forma de manifiesto: este es el género literario que se propone a comunicarse con las masas, a cambiar las actitudes de grupos enteros en pro de una única causa.
Es importante, sin embargo, tener cuidado de no utilizar esta noción de colectividad como una excusa para liberarnos de nuestras propias responsabilidades. Es fácil colocarse en una posición de insignificancia, como si nuestras acciones individuales, ya que no son suficientes para cambiar toda la coyuntura, fueran irrelevantes. Sin embargo, tenemos que tener en cuenta que las acciones colectivas no son más que el conjunto de acciones individuales coordinadas, y por lo tanto nosotros como entidades biográficas también desempeñamos papeles fundamentales.
Un buen ejemplo puede ser pensado a partir de una problemática más tangible, como la contaminación en una playa: al encontrarnos con una botella en la arena, podemos pensar que de nada serviría recogerla, ya que la cantidad de basura en la playa es infinitamente mayor y, por lo tanto, el hecho de que yo como individuo recoja la botella no tendrá ningún impacto en el problema de la contaminación. Sin embargo, si todos siguen pensando de esa manera, de hecho el problema de la contaminación seguirá existiendo para siempre. Por otro lado, si todos empiezan a realizar dentro de sus ámbitos privados las actitudes necesarias para el cambio (recoger los objetos que encuentren en su camino), por ahí podemos empezar a tener resultados significativos. Al final, es la misma lógica del Imperativo Categórico planteado por Immanuel Kant, “Obra de tal modo que la máxima de tu voluntad pueda valer siempre al mismo tiempo como principio de una legislación universal”.
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